BUTÁN
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EL VIAJE DE ÁNGELA

Bután, el reino escondido

Bután, el reino escondido

Si queréis un lugar de desconexión, paz y relajación, Bután es vuestro destino. Oficialmente conocido como el Reino de Bután, este pequeño país se encuentra en el sureste asiático, ubicado en la cordillera del Himalaya. Limita al norte con China, al sur con la India y al oeste con Nepal.

Una de las características principales de este reino del tamaño de Suiza es que cuenta con más sonrisas per cápita del mundo. Curiosamente este pequeño país no se abrió al turismo hasta 1974 donde se les permitió a los viajeros la entrada al reino de Bután. Actualmente se va abriendo poco a poco al mundo actual sin perder su esencia que lo hace tan especial.

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Los requisitos para viajar a Bután no son fáciles. Puesto que el gobierno quiere controlar el turismo para preservar la belleza del país. Aquellos que quieran viajar a dicho lugar, para conseguir el visado de entrada, deben proporcionar un itinerario de viaje y enviar un presupuesto de unos 200 dólares diarios, dicho presupuesto cubrirá nuestra estancia allí, gastos en comida, transporte, guía etc. Da igual donde uno duerma si en una tienda de campaña o un hotel de lujo puesto que esos gastos son obligatorios si se quiere obtener el visado para poder visitarlo. Además, se requiere una estancia mínima de cinco días. Y os preguntaréis, ¿y por qué esa cantidad de dinero diaria? Pues muy sencillo, el gobierno invierte parte de ese jornal en trabajos de conservación del país, además de limitar el turismo de esa forma.

Viajar a Bután consiste en todo un privilegio. Una joya de la naturaleza debido a que es uno de los países con mayor superficie de bosque del planeta con un 70% de su territorio, por lo que no te faltarán los paisajes que te dejarán con la boca abierta. Un elemento característico es la construcción peculiar conocida como dzong; una mezcla entre castillo y fortaleza con maderas de colores perfectamente talladas y dibujadas, pero también sorprenden los monasterios enclavados en montañas o el Himalaya a lo lejos. Bután ha sido un país muy cerrado y viajar allí supone toda una experiencia.

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La llegada a este país tan particular es toda una aventura digna de contar porque posee uno de los aeropuertos más peligrosos del mundo, ubicado entre montañas al que solamente permiten volar a pilotos locales con experiencia, no hay pilotos extranjeros.

Cuando de repente el comandante anuncia que vamos a aterrizar y al mirar por la ventana sólo ves montañas empiezas a temblar y esa sensación aumenta cuando seguidamente el avión cae en picado para aterrizar en medio de dos montañas en una pista que, diría, que es la más pequeña que jamás he visto. A pesar de todo, confías en la tripulación, cruzas los dedos y consigues llegar sano y salvo, aunque con un pequeño susto, dicho sea.

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La mejor época para viajar a Bután se recomienda de marzo a mayo o de septiembre a noviembre. No se aconseja el verano puesto que es la época monzónica y las lluvias torrenciales estropearían nuestro viaje. Aunque en mi caso, viajé en verano y excepto algún día lluvioso, el clima era agradable y suave. Con temperaturas que rondaban los 20 grados, aunque por las noches solía llover y refrescaba un poco.

¿Y qué hace que la visita a este país sea tan especial? Además de los eternos valles de verdes esmeralda, las rutas de senderismo por lugares de impresionante belleza natural, poder observar esa flora y fauna como el tigre de Bengala, el oso negro del Himalaya, las grullas de cuello negro que emigran desde el Tíbet, etc. Todo ello rodeado de paisajes de verde intenso y casas tradicionales. Templos enclavados en la montaña, ciudades históricas y tradicionales rodeadas de campos de arroz, la tranquilidad de sus calles y la amabilidad de sus habitantes.

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Pero sin duda lo que más me impresionó del país fue el monasterio Taktshang (Nido del Tigre) enclavado en una roca a más de 700 metros sobre el valle de la ciudad de Paro. ¡Qué grande puede llegar a ser la fe que hace al hombre mover montañas y crear un templo casi rozando el cielo! Decidimos visitar este templo de difícil acceso a caballo, lo que lo hizo más auténtico y aventurero. Subir por esas pendientes observando como dejamos a un lado los acantilados abruptos que encierran esta joya, es una experiencia única e irrepetible. Una vez llegamos al templo podemos definirlo con dos palabras: silencio y paz. Habitado por monjes budistas, es un lugar de culto que transmite paz y serenidad. Su impresionante decoración y vistas al exterior hacen que haya merecido la pena el ascenso por el intenso camino hasta él.

Pero además de templos pude visitar la capital del país Timphu, tranquila y rodeada de valles, ríos y montañas. Con ciertos habitantes curiosos…los perros. Y es que hay numerosos perros deambulando por la ciudad, son inofensivos, pero sorprende la gran cantidad que hay. Allí pude observar numerosos templos y construcciones históricas. Tamchhoglhakhang un pequeño templo al que se accede por un puente colgante con su enorme buda dorado. Junto a él, se encuentra la fortaleza del Dzong una fortificación imponente y armónica con vistas imprescindibles al río y paisaje que la rodea.

Otras ciudades que también que gustaron y que disfrute, recorriendo la tranquilidad de sus calles alejadas del bullicio de las grandes urbes a las que estamos acostumbrados, fueron: Paro y Punakha con casas tradicionales y templos en las montañas de más de 5000 metros que rodean la ciudad. Enclavadas sobre valles rodeados de arrozales.

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Algunas curiosidades sobre el país que no encontrarás en otros lugares. Y es que no existen ni tiendas de zapatos ni centros comerciales o tiendas de moda puesto que el país posee una vestimenta tradicional que consiste en una especie de kimono largo para las mujeres de colores brillantes y para los hombres un kimono corto que visten con calcetines hasta la rodilla. Como calzado unas simples chanclas, no les hace falta más. El capitalismo aún no ha llegado y espero que no llegue o al menos tarde mucho en llegar a Bután puesto que arruinaría toda la esencia del país.

Otras curiosidades del país, por ejemplo; no existen semáforos en todo Bután y a pesar de ello, no hay accidentes. Las carreteras son estrechas por tanto a los camiones de grandes toneladas no pueden circular por la mayoría de ellas. Otro detalle más es que si eres fumador no te recomiendo que visites este país, puesto que tanto la venta como consumo de tabaco está totalmente prohibida.

A pesar de ser un país muy religioso me sorprendieron varias cosas; una de ellas es que el anterior rey estaba casado con cuatro mujeres, todas ellas hermanas (esa es la condición). También me sorprendió, ver numerosos símbolos fálicos dibujados o representados allá donde fuera; para ellos significa la prosperidad, por tanto, no te sorprendas si lo ves pintado en las fachadas de las casas o te lo venden como suvenir.

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Los butaneses tienen un fuerte sentimiento religioso y lo aplican a todo incluso a la hora de construir una casa o abrir un negocio, estudian cual es la mejor hora del día y el mejor lugar para construirlo para tener la buena suerte y la prosperidad de su lado.

Para terminar, diré que pude ver y visitar un centro médico del país, puesto que los lugareños insistieron en que lo conociéramos. Me atendió un medico joven que me preguntó cual era la razón de la visita. La única dolencia que tenía aquel día era un dolor de espalda debido a una contractura muscular. Sin más dilación me pasó a una pequeña sala donde no había nada más que una camilla y un par de utensilios entre ellos un bol metálico y una especie de aparato con forma de dragón. El médico utilizó el bol para, a través de la vibración, mitigar el dolor y el aparato con forma de dragón (que emitía una especie de vapor mentolado) para aliviar los síntomas de mi dolencia. Métodos tradicionales para aliviar dolores rutinarios sin necesidad de medicinas químicas. Cuando hablé con los lugareños y les pregunté por las universidades del país, me dijeron que no existían muchas y que el gobierno del reino de Bután financiaba a los estudiantes las carreras universitarias que cursaran en la India con la condición de que una vez terminaran sus estudios volvieran al país a ejercer su profesión. De esa forma, invierten en la educación y formación de sus habitantes y además evitan el éxodo a otros países.

Como conclusión diré que un país que profesa fervorosamente el budismo tibetano y donde su lema es: ‘Nuestra riqueza no se mide con el dinero sino con la Felicidad Nacional Bruta’, creo que merece la pena visitarse, para poder comprobarlo. ¡Hasta el próximo viaje!

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