Walter Benjamin: el sentir del pensamiento

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Walter Benjamin: el sentir del pensamiento

Walter Benjamin: el sentir del pensamiento

En la figura de este apasionado pensador confluyen una gran diversidad de influencias puestas al servicio de la comprensión de su tiempo.

La extrema sensibilidad hacia las nuevas corrientes de pensamiento que afloraron durante las primeras décadas del siglo XX así como la constante debacle entre tradición y cambio fueron las coordenadas sobre las que se sustentó la producción intelectual de quienes intentaban adivinar los cauces históricos por los que discurriría la nueva centuria.


Entre los que intentaban llevar a cabo semejantes predicciones, destacó el filósofo y autor Walter Benjamin quien, armado con un sinfín de conocimientos y herramientas culturales para comprender ese difícil contexto, puso su desmedido talento al servicio del combate contra la incertidumbre.


Desde la infancia en su Berlín natal, Benjamin había sufrido las consecuencias del antisemitismo propio de aquel período, lo que sumado a su frágil e introvertida personalidad le condujo a que los primeros años de formación académica los realizara desde casa.


Esta trágica experiencia con el sistema educativo será el tópico que inaugurará su pluma de escritor años más tarde, publicando entre 1911 y 1915 una serie de artículos de corte pedagógico mientras el ya joven pensador se forma en filosofía en la Universidad de Friburgo.


Por ese entonces tiene lugar la 1era Guerra Mundial, a la que se opondrá tajantemente como parte de un recién adquirido compromiso político particularmente anti-belicista.


Esta actitud comprometida lo unirá en nupcias con su futura esposa Dora Kellner en 1917, trasladándose el joven matrimonio a Berna (Suiza) a modo de protesta contra el conflicto.


Allí, el autor seguirá con el desarrollo de su actividad literaria y escribirá obras como Sobre el programa de la filosofía venidera (1917), donde criticaría las posturas del filósofo Immanuel Kant por su minusvaloración de las artes y la religión.


También mantendrá contactos con el húngaro George Lukács y Ernst Bloch, quienes aportarían su granito de arena para la construcción de la actitud marcadamente humanista de Benjamin.


Finalizada la Gran Guerra y con su regreso a Alemania, se divorciará de Dora, liderando además una serie de proyectos editoriales sin mucho éxito hasta la publicación de su crítica literaria Ensayo sobre las afinidades electivas de Goethe, realizado entre 1921 y 1922, y publicado en 1925.


El triunfo de su obra entre los círculos de jóvenes intelectuales, sumado a los deseos de impartir clases en la Universidad de Frankfurt –donde conocerá a sus futuros compañeros Theodor Adorno y Siegfried Kracauer– fueron el detonante de uno de sus proyectos más importantes: El origen del drama barroco alemán (1928), que junto a Calle de Sentido único (1928), se convertirán en claves para entender el complejo devenir del alemán.


Su evidente interés por temas literarios y filológicos se materializará en Sobre la facultad mimética (1932) y Problemas de sociología en lenguaje (1935), haciendo justicia a la etiqueta de «filósofo del lenguaje» que orgullosamente se adjudicó en 1931.


Pasará los años viajando por toda Europa, residiendo en Francia, Dinamarca –donde conviviría junto al dramaturgo Bertolt Brecht– e incluso en la isla española de Ibiza, desde la que realizará distintos trabajos para el Instituto de Investigaciones Sociales, conocida popularmente como la Escuela de Frankfurt.


No obstante, con el apogeo de los totalitarismos europeos y del nazismo en particular, se vio forzado interrumpir su actividad autoral y orquestar su huida a través de los Pirineos para, llegado a Francia, embarcarse hacia los Estados Unidos. Sin embargo, frente al riesgo de caer en manos de la Gestapo en el país galo, decidió acabar con su vida en el municipio catalán de Portbou ingiriendo una dosis letal de morfina.


Es así que, frente a lo trágico de su muerte física, se contrapone el interés que suscitó su pensamiento, repleto de viveza y cultura que bien permitió a las generaciones venideras cumplir con el cometido al que Benjamin apuntó: desentrañar los misterios de una época tan convulsa como fascinante.

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