Emmy Hennings: la vanguardista anónima

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Emmy Hennings: la vanguardista anónima

Emmy Hennings: la vanguardista anónima

A través de un carácter polifacético y de su pasión por lo experimental, Hennings ayudó sentar las bases de lo que hoy llamamos arte contemporáneo.


Emmy Hennings es una de las figuras menos conocidas pero de mayor enjundia que el panorama cultural del siglo XX ha aportado al mundo. Su enigmática persona –de la que apenas existe bibliografía en nuestro idioma–, carisma cautivador y enorme bagaje funcionaron en su conjunto como un engranaje esencial para que los movimientos de vanguardias prosperasen en la pasada centuria.


Hennings nació como Emma Maria Cardsen en Flensburg, Alemania, el 17 de junio de 1885. Los orígenes humildes de la artista se tradujeron en una escasa formación académica durante los primeros años de su vida.


Hija de un pescador y un ama de casa, debido a los pocos recursos de los que disponía la familia, Hennings se vio empujada a desempeñar el trabajo de prostituta en su juventud. En este período, se produjo un incidente que marcó un punto de inflexión en su vida: robó a un cliente para poder subsistir y por ello fue condenada a dos meses de prisión allá por 1914. Si bien desde pequeña había mostrado una evidente inquietud hacia las artes, fue durante el presidio que la joven daría rienda suelta a este afán suyo.


Canalizaría así su experiencia y profundas críticas al sistema penitenciario mediante una breve autobiografía conocida como Cárcel (1919). Su estilo se encontraría enormemente influenciado por el expresionismo alemán y junto al que sería su marido, Hugo Ball realizará su mayor obra reinventando las bases de la actuación-performance a través de una nueva corriente artística conocida como «dadaísmo».


El tándem Hennings-Ball fundarán en Zúrich el centro neurálgico de este nuevo movimiento: el Cabaret Voltaire. Encumbrado durante décadas por el mito que se generó en torno a él, se trataba de un local minúsculo con un aforo de apenas 30 personas.


Aún con todo, su reconocimiento se hizo mundial gracias a los exuberantes y singulares espectáculos que allí se ofrecían.


Según el testimonio de primera mano del periodista y político español Julio Álvarez del Vayo, las exhibiciones dadaístas ofrecidas en el Cabaret Voltaire tenían un enorme mensaje político y social subyacente. El dadaísmo vehiculaba un tipo de protesta muy concreta bajo la cual se pretendía subvertir el orden establecido y romper con la tradición heredada. Por ello, los integrantes de la corriente recibirían severas críticas por parte de las clases pudientes de la época.


El periodista diría además de Hennings que «su voz, aniñada de ordinario, tenía un poder comunicativo inusitado. Cuanto hubiese de humano en el auditorio salía a la superficie al conjuro de su arte, lo mismo la lujuria que el ansia de justicia. Cada cual encontraba en ella la verdad que buscaba. Y es que, desde muy chica, había ido incesantemente tras de algo, sin razón concreta, haciendo suyos los dolores, desfallecimientos y vicios de los otros».
Es así que, si bien el nombre de Emmy Hennings no ha trascendido al imaginario popular, resulta evidente que sin ella, el arte hubiese quedado lamentablemente exiguo en un momento tan crucial de su desarrollo.


 

Emmy Hennings: la vanguardista anónima