Patriotismo y libertad: la rebelión del 2 de mayo

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Patriotismo y libertad: la rebelión del 2 de mayo

Patriotismo y libertad: la rebelión del 2 de mayo
Militares, guerrilleros, bandoleros y ciudadanos de a pie engrosaron las filas de la defensa de España contra los ocupantes franceses.

Desde muy distintos ámbitos y sectores, se ha referenciado a España tanto por sus prodigiosas hazañas contemporáneas como por el admirable pasado imperial que ostenta.


Bajo la égida hegemónica de este último, se dieron fenómenos tales como el descubrimiento de América o el nacimiento de los Tercios, una de las unidades militares más temibles de la historia y a las que se les encargó el objetivo salvaguardar la integridad de aquel inmenso reino.


Sin embargo y aunque heredero de esta gran tradición, el pueblo español también ha visto en numerosas ocasiones atenazada su nación con motivo de las constantes injerencias externas.


En los mentados casos, la ciudadanía no dudó ni un instante en alzarse en armas y proceder a defender la soberanía de la patria como acaeció aquel 2 de mayo de 1808, suceso fundamental que acabó por instituir a España como nación política moderna.


En los años previos a aquella fecha se dieron en la península el reinado de Carlos IV de Borbón bajo el ministerio del prolífico estadista Manuel Godoy.


Este último, siendo uno de los políticos más influyentes de entonces cedió  ante las reclamas del poderoso imperio napoleónico, que pretendía alcanzar Portugal cruzando a través de territorio nacional.


De forma paralela, el panorama interno español se presentaba sumamente inestable:
Como consecuencia de la derrota en la Batalla de Trafalgar, la reputación de Carlos IV había caído en picado, lo que coincidió con las pretensiones de su hijo Fernando de ascender al trono, desencadenándose así un crudo conflicto familiar por la corona .


Esta situación fue aprovechada por uno de los más astutos generales de Napoleón, Joaquim Murat, quien no desdeñó la posibilidad de poder hacerse con el control de la península para cederla a Napoleón como finalmente acabó sucediendo el 7 de mayo de 1808.


No obstante, apenas unos días antes el pueblo español, hastiado tanto de la autoritaria dirección de los franceses como de la incapacidad y despilfarros del monarca había empezado a acometer contra estos para liberar a la nación del yugo que sobre él había dispuesto el expansionismo galo.


Henchidos de pasión e imbuidos en muchos casos por los ideales progresistas que ya en su momento cimentaron la Francia insurrecta, los españoles tomaron para sí las consignas de «nación, libertad y revolución».


Bajo la dirección de héroes como Juan Martín Díez «el Empecinado», se puso en práctica la guerra de guerrillas contra el ejército rival, sembrando auténtico pavor entre las filas enemigas.


Se conformaron paralelamente las juntas insurreccionales desde las que se mandarían posteriormente a los diputados sobre los que se recaería la redacción de la constitución liberal de Cádiz en 1812.

Tras numerosas batallas en las que quedó demostrada ampliamente la superioridad española como pudiera ser el caso del conflicto de Bailén (1812), finalmente se restituye la independencia nacional y se firma el Tratado de Valençay (1813), con el cual regresa Fernando VII siendo reconocido este como legítimo rey de España.


Quedó así recogido en los anales de la historia un hecho que aún hoy incentiva y sirve como ejemplo para retratar la capacidad de organización y valerosidad de aquellos patriotas que optaron por levantarse contra la represión y el sufrimiento que padecía su pueblo.

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