Habemus Brexit

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«No habrá más atascos ni más retrasos » asegura Boris Johnson, quien piensa llevar a cabo el Brexit amparado por la mayoría absoluta parlamentaria. Las elecciones británicas del pasado 12 de diciembre han supuesto un punto de inflexión en el escenario político nacional y europeo: Los conservadores se han alzado con más del 40% de los votos mientras que el laborismo apenas ha superado el 30, lo que se traduce en 365 y 203 escaños respectivamente.

La importancia de este proceso sólo podrá cuantificarse con exactitud desde la distancia que el paso del tiempo pueda ofrecer y, sobre todo, a través de una perspectiva crítica.

El carismático y poco ortodoxo Boris Johnson –apodados por algunos de sus detractores como «el Trump británico»– asume ahora la arriesgada tarea de llevar al Reino Unido a su salida de la UE para el próximo 31 de enero.

El tory, al igual que algunos de sus análogos continentales, ha asumido un discurso nacional-populista que supera la clásica dualidad izquierda-derecha: soberanía nacional, control económico y revitalización democrática son los ejes sobre los que ha consolidado su imagen y construido una exitosa campaña política.

Este hecho, si bien le ha granjeado enemigos entre sus propios compañeros conservadores, ha sido indispensable para ganarse el apoyo del viejo voto laborista.
Por su parte, Jeremy Corbyn, el candidato por la izquierda a la presidencia del Reino Unido ostenta ahora el dudoso honor de haber obtenido los peores resultados de su organización desde 1935.

A pesar del titánico esfuerzo por resituar al Partido Laborista a la izquierda del espectro político y plantear un atractivo programa económico de cuño socialista, su defensa a ultranza del europeísmo le ha costado la victoria en unas elecciones decisivas para la historia de su país.

Estos resultados no hacen sino reafirmar ciertos hechos como lo son la fractura interna de los conservadores en lo relativo a la cuestión del Brexit, la perpetua incomprensión de la izquierda –al menos la europea– del fenómeno nacional así como la vigencia de una coyuntura que favorece a los movimientos anti-globalizadores y anti-establishment.

Aunque el descontento popular británico fuera en principio canalizado por el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), de Nigel Farage, los tories supieron entrever desde un primer momento que la fraseología empleada por el euroescéptico les permitiría articular un bloque social mucho más amplio y heterogéneo.

Su éxito en copar este nuevo fenómeno de masas, sin embargo, acabó por desbordar la propia identidad de los conservadores, lo que en última instancia le costó la cabeza política a Theresa May en sus intentos de apelar sutilmente a la cordialidad con Bruselas.

Los acontecimientos de las próximas semanas resultarán decisivos y en ellos comprobaremos si realmente Johnson cumplirá su promesa de poner fin a más de 40 años de estadía anglosajona en la Comunidad Europea.

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