El extraño mundo de Gorey

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El extraño mundo de Gorey

El extraño mundo de Gorey
Nacido en Chicago en 1925, Edward Gorey se trata de una de las figuras más fascinantes que la literatura contemporánea ha engendrado.

Edward Gorey no ha sido de esos autores que acaparaban para sí las secciones de best-sellers de prestigiosas librerías.


A pesar de haber demostrado sobradamente su talento con el ejemplo de toda una vida al servicio de las letras, su excéntrica persona no logró trascender más allá de algunos círculos de lectores que se recreaban en escritos como El huésped dudoso (1957), Los pequeños macabros (1963), o La bicicleta epipléjica (1969).


Fue un visionario y, como tal, su influencia sobrevive en la cultura popular –más por la impronta que esta dejó sobre quienes recogieron su testigo que por sus obras propiamente dichas–:


La tétrica visión de la realidad que plasma Tim Burton o los Hermanos Quay en sus películas y cortometrajes jamás habría podido aflorar y desarrollarse de no haber sido por el fortuito encuentro de estos con Gorey.


En sus relatos coexiste la magia de los cuentos clásicos con un humor no apto para todos los públicos.


Bajo el envoltorio aparentemente infantil que rodea a sus historias, se da un fondo que intentar presentar de manera caricaturizada los males y problemas de la sociedad contemporánea.

Esta personalidad inquieta y devota por la literatura en todas sus acepciones ya había venido gestándose desde su más tierna infancia:

 


Según declaró en entrevistas, a los 5 años había leído Drácula de Bram Stoker y Alicia en el País de las Maravillas. A los 8, todo lo relativo a Víctor Hugo.
Este afán suyo acabó derivando en el mayor de los histrionismos cuando decidió que la decoración de su hogar pasara a ser exclusivamente estanterías que rezumaran libros por doquier.


Junto a los abrigos de piel de mapache que habitualmente vestía y con la única compañía de sus gatos, se fue consolidando la interesante imagen de Gorey que hoy día conocemos.


Con el paso del tiempo y tras haberse desempeñado en varios trabajos, tuvo lugar su incursión como autor en una editorial con la que había colaborado en el pasado ilustrando portadas.

Precisamente, la pintura sería otra faceta clave de su vida pues, a pesar de no disponer de más bagaje que un año en el Instituto de Arte de su Chicago natal, logró la técnica necesaria para desarrollar sus talentosos y característicos dibujos. De ellos haría un elemento imprescindible en sus relatos en tanto que lograban marcar el tono lúgubre y descacharrante de estos.

 


Con los años, se encargó de recopilar todos sus cuentos cortos, relanzándolos en forma de antología bajo el nombre Amphigorey (1972) –distribuida en España por el sello editorial Valdemar–.


Esta recopilación la conformarían escritos como La niña desdichada (1961), donde se narra cómo los males cotidianos tratan de quebrar a una inocente chica; La procaz intimación (1971), sutil fábula acerca del diablo y su engatusador erotismo o Los pequeños macabros (1963), abecedario donde cada letra corresponde al nombre de un niño fallecido de forma trágica y curiosa.


Es más que probable que, tarde o temprano, se produzca una revalorización de la obra del escritor. La mordacidad de su prosa y la originalidad de sus puntos de vista lo erigen no sólo como precursor de un estilo fresco y ocurrente, sino también como autor de plena vigencia para los tiempos que corren. 

 

El extraño mundo de Gorey