Jan Švankmajer, animación en estado puro

QRÓNICA DE CINE

Jan Švankmajer, animación en estado puro

Jan Švankmajer, animación en estado puro

Con el film Insects (2018), el checo puso fin a una dilatada carrera de más de cuatro décadas.

Jan Švankmajer es uno de esos cineastas con la capacidad de hacer volar la imaginación del espectador aun contando con escasos recursos a su disposición.


Nacido en Checoslovaquia hace ya casi 86 años, el punto fuerte de este singular director de animación, víctima en ocasiones de su propia condición de artista reside en el factor creativo y en un uso disparatado de los materiales que emplea para sus obras.


Su estilo funde profundos conocimientos de teatro –fruto de años de formación en la academia de artes escénicas– con la veta experimental de las vanguardias europeas.


A través de su experiencia vital e implicación en los círculos surrealistas de Praga durante la década de los 50, Švankmajer ha hecho por dotar a sus trabajos de un enfoque poco convencional si se comparan con éxitos coetáneos de los grandes estudios.


No obstante y como declaró el autor recientemente, su intención nunca fue la de hacer animación al uso, llegando a calificar al estudio Disney como «el mayor corruptor de la imaginación infantil».

La trayectoria fílmica de este peculiar director –poco conocida en nuestro territorio– se ha venido desarrollando en su país natal desde que despuntara con El osario y otras historias (1964), una artística antología de cortos experimentales en los que se puede ya percibir la influencia de Edgar Allan Poe, Lewis Carroll y Franz Kafka, sus autores de cabecera.


El ensalzamiento de la literatura es uno de los grandes tópicos que hilvanan la filmografía de Švankmajer, quien no duda en adaptar títulos clásicos como Fausto, de Goethe o Alicia en el País de las Maravillas, de Carroll en los films homónimos de 1994 y 1998.


Sin embargo, este también se ha atrevido con obras de cariz político y reivindicativo como es el caso de La muerte del estalinismo en Bohemia (1991), donde a través de la sátira y el humor negro exhibe sus discrepancias con el extinto régimen comunista checoslovaco.


Su largometraje El pequeño Otik (2000), galardonado por la academia de cine checa es su otro ejemplo más representativo de crítica a los valores que rigen las sociedades contemporáneas.

El excelso manejo que hace del stop-motion –su especialidad– es, además de apreciado por el público, elogiado por empresas como Aardman, responsables de Wallace y Gromit o referenciado por genios excéntricos como Tim Burton.


Para la industria, Švankmajer no sólo ha marcado tendencia por su forma de hacer las cosas, sino también por acercar el concepto de animador a sus orígenes artesanales y revitalizar el espíritu que en algunos casos el negocio le había hecho perder con el paso de los años.


 

 

Jan Švankmajer, animación en estado puro